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Un intercambio maravilloso



Por Sara

Hola, me llamo Sara, soy mexicana, vivo en la ciudad de México, tengo 31 años. Relataré lo que me sucedió en el pasado reciente, exactamente hace poco menos de ocho años, es decir, cómo mi marido me entregó a otro hombre. Y cómo aquello que fue difícil de entender para mí, se convirtió en una pasión interminable. Fue raro, increíble y de pronto triste, por eso hasta hoy me atrevo a contarlo.

Me casé a los 23 con un hombre de 40, se llama Jorge y es muy emprendedor en su trabajo de ejecutivo en ventas. No estaba muy enamorada de él, quizá me deslumbró su modo de vida de lujos y viajes. Sólo el primer año fue bueno hasta cierto punto. Aunque no lo crean yo no sabía casi nada sobre el placer sexual, él solamente me hacía el amor bajo las sábanas, muy rápido y sin desnudarse por completo. Fui educada en una familia tradicional y los temas de sexo no eran tratados en casa. Por esa razón no le exigía más y con eso tenía suficiente. Lo hacíamos de vez en cuando, para mí era normal. El caso es que los últimos dos o tres años de matrimonio ya no eran tan buenos, él siempre trabajaba, andaba en viajes y yo pasaba mucho tiempo sola.

Un día sucedió lo que sería el principio de una nueva vida y fue de la siguiente manera: una pareja de amigos que tenía Jorge, eran muy abiertos en su manera de pensar, incluso a mí me daban miedo o me disgustaban sus comentarios respecto al sexo o sobre las relaciones en pareja. Ellos eran Luis y Tina, vivían juntos sin estar casados. Desde que nos presentaron Luis me miró de una forma que me dejó paralizada. Era un hombre de 35 años. Miró mis ojos como escudriñando algo, como advirtiendo sus impulsos, porque él sabía que sería suya y yo ignoraba su oscura complicidad con Jorge. Por mi parte, no puedo negar que me gustó mucho su figura varonil y su personalidad desfachatada; de hecho, sentí en la cercanía de su saludo, como si muchas hormigas subieran por mi cuerpo. Él se dio cuenta de inmediato de mi reacción y al momento de sacar los vinos de la cava, ahí mismo en la sala, me acompañó. Me tomó de la cintura, con cierta confianza que me sorprendió, pero, obviamente, n!
o podía comportarme, digamos, descortés.

Jorge y Tina se habían sentado en cada uno de los sillones que estaban frente a frente, sólo quedaba el sofá, ahí nos sentamos Luis y yo que llevaba un vestido un poco arriba de la rodilla pero era de esos vestidos que se suben bastante a la hora de sentarse. Noté cómo miraba mis piernas al desnudo, sin medias, y mis pechos que asomaban insinuantes, porque Jorge me había desabrochado el botón de arriba de mi blusa. Brindábamos, me miraba de lleno a los ojos. Al principio me intimidaba pero luego opté por mirarlo de frente. Cuando se despidieron Luis se acercó a mí, me dio un beso en la mejilla y bajó el dedo índice de su mano izquierda por mi barbilla hasta el comienzo de mis pechos, desabrochó el segundo botón de mi blusa, me dio otro beso muy cerca de los labios, sonrió y me dio un, hasta luego, socarrón. No pasó a mayores esa noche.

En otra ocasión Luis y Tina llevaron una película porno y ahí descubrí que había otro mundo sexual, no pensé si era pervertido o no, simplemente descubrí que había algo más que me era desconocido y que me excitaba. Nos sentamos los cuatro en el sofá, un poco apretados. Jorge nos acomodó de tal manera que quedamos Luis y yo juntos, ellos al centro y nosotras en las orillas. Luego, Jorge sugirió que nos tomáramos de las manos. Luis tomó la mía, pero de inmediato la soltó para poner su mano izquierda entre mis piernas, subiéndome discretamente la falda amplia de tela delgada y fina, que me llegaba casi a las rodillas. Mientras continuaba la función, me acariciaba con delicadeza, subía un poco la mano por el muslo y yo lo detenía sin bajarme la falda. Yo tenía las piernas juntas sin cruzarlas y Luis volvía a colocar su mano entre mis piernas y me subía la falda. Simplemente, yo obedecía con placer los deseos de su mano; incluso, abría ligeramente las piernas. Me sonrojaba. !
Como era muy simpático, hacía bromas sobre las escenas, me las decía muy quedo al oído, al tiempo que miraba mis pechos a través de la blusa tipo halter. Yo sentía escalosfríos por todo el cuerpo.

Jorge espiaba esos movimientos y sonreía para sí, dizque poniendo su atención en la película. Actuaba como si eso fuera natural. Sin embargo, casi al finalizar la película, la falda apenas me cubría el breve bikini que llevaba y mis piernas estaban totalmente al descubierto. Jorge se levantó a encender la luz, yo me bajé la falda y Luis sonrió con ternura, con un brillo en los ojos que me invitaban a desvestirme. No era una mirada casual sino que me invitaba a conocer los pormenores de la situación. Tina por su parte, había permanecido extasiada por las escenas sin hacer caso de nosotros, ni de nada. Era un poco infantil, más bien bobalicona.
Casi todos los fines de semana nos veíamos los cuatro, aunque en ocasiones Luis iba solo sin Tina.
Una noche de viernes nos fuimos los tres a un antro a bailar música de sones a la colonia Roma. Yo llevaba una faldita corta, suelta, de tela vaporosa y una blusa estampada, un poco escotada, además de dejar mi espalda casi desnuda.
Debo decir, en honor a la verdad, que me conservo bien, me cuido con esmero. Dicen que soy bastante guapa. Supongo que sí, he tenido demasiada suerte con los hombres desde mis 14 años. Soy de estatura mediana, delgada, morena clara, de piernas largas y bien torneadas, ojos azules. Aunque mis pechos no son grandes son de buen tamaño y redondos. Mi marido es guapo y un poco obeso. Luis es guapérrimo, divertido e inteligente, un poco más alto que yo, delgado y siempre viste casual pero elegante.
Ese viernes mi marido no quiso bailar. No le gusta ni sabe. Así que bailé con Luis todo el tiempo. Al principio todo era normal, pero noté la manera en que miraba mis piernas cuando estábamos sentados. De pronto, me tomó de la mano para sacarme a bailar, ya en la pista que era pequeña, cuando me daba vueltas por el ritmo, rozaba su cuerpo con el mío y eso me provocaba, antes de ir a sentarnos, bailamos una pieza que se alargó mucho, era para bailar pegaditos, Luis me acercó a su cuerpo, al comienzo de la pieza, acariciaba mi espalda, no sé cómo yo consentía eso, ponía sus manos por debajo de mi cintura, casi en mis caderas, para moverme al ritmo de la música. Acercaba su cara a la mía. Sentía un calor bárbaro dentro de mi cuerpo, luego entrelazó su mano con la mía y la bajó hasta el borde de mi faldita, sentí que sus dedos rozaban la piel de mi pierna. Como sin querer hizo que con el dorso de mi mano rozara su pene excitado. Se acabó la pieza. Nos sentamos. Me di cuenta!
que Jorge, el muy infeliz, nos había estado observando. Nos fuimos. Como Jorge estaba bastante tomado lo acomodamos atrás y me fui en el asiento de adelante con Luis que no quitaba sus miradas de mi cuerpo, me excitaba pero yo no me atrevía a ninguna iniciativa. Al llegar a la casa se estacionó, me miró lascivamente, acarició mis piernas y quiso besarme, me negué tratando de bajarme rápido. Me pidió que me tranquilizara. Yo no estaba enojada sino asustada y con gran excitación. Se bajó y fue a donde estaba yo para abrirme la puerta del coche. Me bajé, sentí su mirada en el movimiento de mis piernas que lucían e incitaban, por lo corto de la minifalda. En cuanto estuve de pie, frente a él, sin más, me empujó, como un hombre enamorado, contra el coche, se pegó a mí y puso su pene más que erecto sobre mi sexo. Me dio un beso de tal manera apasionado que no quise negarme. Se movía sensualmente como si estuviera penetrándome. Pasó sus manos por mis pechos, las bajó a mis piernas!
, me subió la faldita, sentí sus manos en mis nalgas, exploró la zona de mi culo, me tocó el sexo, introduciendo su mano dentro de mi bikini y metió sus dedos en mi vagina. Todo esto sin dejar de besarme con incontrolable pasión. Se dio cuenta de lo húmeda que estaba. Se inclinó para besar mi sexo, me subió la minifalda, miró de lleno mis piernas cuya desnudez deseaba sus caricias. Bajó un poco el bikini y besó mi clítoris mientras tocaba suavemente la piel de mis muslos. Su besó fue solamente con sus carnosos labios. Sentí mucho miedo. Le pedí que no lo hiciera más. Nos separamos. Jadeábamos. Nos abrazamos fuerte con ternura.
Después de dejarme con Jorge ya dentro de la casa, se marchó. Se me hizo extraño que se rindiera de esa forma, pensé que me haría suya en ese momento, con Jorge en ese estado. En realidad no sé qué hubiera pasado. Hasta entonces no sabía que los planes eran otros. Aunque intuí algo raro porque Jorge, de pronto ya no estaba en mal estado, se acostó y se durmió como si nada hubiera sucedido. Lamenté no haber visto si nos espió durante el rato en que me besé así con Luis. Con toda seguridad que sí.
Al siguiente viernes Luis fue solo a nuestra casa, conversamos los tres en la sala, bebimos un poco de vino blanco y con el pretexto de que Jorge no bailaba me pidió que le enseñara, al hacerlo me di cuenta que la faldita que traía se levantaba con los movimientos cadenciosos. Eso le permitía a Luis mirar mis piernas de lleno y noté la manera en que abría los ojos cuando miraba mis nalgas y mi bikini color rosa. Casi siempre uso calzoncitos breves y con encaje sencillo. Me gustó ser mirada por él, así; entonces daba más vueltas para encender los deseos de Luis, un hombre varonil y sensual. Llegó la hora de despedirnos y fui a acostarme, para mi sorpresa, ya estando en la intimidad de la recámara, Jorge me pidió que me desnudara y lo hice, me recostó con suavidad sobre la cama y se colocó junto a mí.
-Espérame un momento. -Dijo, en voz baja.
-Sí, claro. -Respondí, desnuda, con la cara hacia la ventana.
Regresó y me dijo:
-Voy a vendarte los ojos, no te preocupes, no te haré nada, no es para ningún masoquismo, es sólo un juego. ¿Quieres?
Sonreí y le dije que sí.
-Qué me vas a hacer, viejo loco. -Le dije en broma.
No contestó, era un silencio extraño el suyo y el del cuarto. Puso música de jazz a muy bajo volumen. De pronto sentí besos delicados y cortos, en mis labios, eran unos besos sensuales, provocativos, queriendo abrir, con cierta ternura, mis labios. Esos besos iban bajando por mi cuello, ya eran besos atrevidos y luego bajaron hacia mis pechos. Mis pezones excitados se ponían duros y mi cuerpo tomaba un calor muy especial. Esos besos se detuvieron largo tiempo en mis pechos, en el canalillo que hay entre ellos, una y otra vez mordía mis pezones y los rozaba con la punta de la lengua. Era una posesión inigualable, estaba calientísima.
Cuando tuve un poco de conciencia sobre lo que estaba sucediendo, descubrí que el olor de aquel cuerpo era diferente, la respiración no era la de Jorge. No me importó nada, imaginé que era Luis, supuse que él me besaba de esa manera que me calentaba demasiado. Después, besó todo mi cuerpo sin tocarme, recargaba sus manos sobre el colchón. Esa sensación de ser besada sin ser tocada comenzó a hacerme sentir emocionadísima. Jorge no tenía esa imaginación para algo tan simple pero tan rotundo y provocador. A sabiendas de que era Luis le permití todo. Con más pasión y fuerza besó mi vientre, mi sexo, besó mis piernas hasta los pies y luego fue subiendo poco a poco, ya entonces estaba muy húmeda. Abrió mis piernas. Comenzó a acariciarme, fue besando el interior de mis muslos, besó mis sexo, mi clítoris lo hizo suyo con su lengua y sus dedos que introducía en mi vagina. Mi cuerpo se arqueaba por la excitación, gemía y jadeaba con fuerza, le pedía desesperada que me tomara por !
completo, que me introdujera el pene.
-Ya, por favor, ya, házmelo, ya. -Le gritaba como loca, con voz entrecortada.
Mis fluidos vaginales estaban en todo su esplendor. Me penetró y grité extasiada, abiertamente, a pesar de la presencia de Jorge, porque con él jamás tuve una sensación así. Pero ya no me importaba nada, ni su presencia ni sus comentarios futuros, Luis me besaba como nadie lo había hecho, atrapó mi boca con sus labios carnosos. Reconocí sus labios sus besos. Nuestras lenguas jugueteaban mientras me penetraba con fuerza y delicadeza, al mismo tiempo. Sentí su verga grande y dura como un mástil que entraba y salía de mi sexo con ritmos diferentes. Su penetración era hasta el fondo, era un dolor gozoso, un placer que carecía de lamentos. Era la furia del sexo, la incontrolable pasión de sentirse otra mujer en esos momentos que duraban largo tiempo. Con Luis mi cuerpo ardiente confesaba todas sus necesidades. Tuve un orgasmo fuerte y tremendo, las piernas me temblaban, lo abracé con todas mis fuerzas para que no se saliera de mí. No hubo palabras. Sentí cuando se levantó de!
la cama, oí el ruido de la puerta que se cerró y me quedé acariciando mi cuerpo poseído de esa manera sin igual.
Así sucedió un par de viernes más, la misma mecánica, la venda en los ojos, el cuerpo de Luis haciéndome el amor, la música de jazz a bajo volumen, las copas de vino, Jorge observándonos, su silencio, mis orgasmos que seguramente lo hacían palidecer, besos y caricias que me daban una felicidad infinita, la puerta que se cerraba. Yo con el recuerdo de Luis en mi piel.
También debo comentar que lloraba durante el día porque Jorge me había entregado de esa forma y porque yo quería que esas noches con Luis no terminaran y que viniera a hacerme el amor todos los días a cualquier hora. Todo era cuestión de paciencia. Yo también tenía mi plan.
Y como todo evoluciona y cambia, al cuarto viernes me animé y fui participativa, acosté a Luis y besé su cuerpo. Tenía muchos deseos de hacerlo, lo soñaba. Así, al sentir su desnudez, lo acaricié, sentí su verga grande en mis manos, la llevé a mi boca con sensualidad, se la besé, se la lamí un largo rato, la disfruté enormemente dentro de mi boca, la mordía, la besaba, le pasaba la lengua de diferentes formas, hasta que se vino y su semen invadió mi cara y labios, el olor y la viscosidad de su semen, me excitaron más de lo imaginable. Eso lo aprendí en la película porno, jamás lo había hecho. Entonces Luis me penetró con más fuerza y en diferentes posiciones, hicimos el amor en tres ocasiones. Así pasaron más viernes, cada vez durábamos más en la pasión de la cama, además, ya no era nada más los viernes, también los sábados y a veces los miércoles. Y por supuesto, sentí un cambio en la actitud de Jorge, aunque su silencio parecía más preocupante, no me importó. Después !
de todo él había comenzado el juego.
De hecho, no sólo eran las noches en que me entregó a su amigo, sino también comenzó a comprarme ropa provocativa, ligueros que Luis disfrutaba con gran placer, tuve una colección incontable de minifaldas que Jorge me compraba, algunas minifaldas, incluso, eran muy cortitas, con ellas me llevaba a todas partes, a centros comerciales, a librerías, al cine, a caminar por Coyoacán, en fin, me lucía con esa ropa por todas partes o más bien yo podía lucir mi buen cuerpo en todos los lugares adonde íbamos. En otro tiempo yo no hubiera aceptado esa clase de peticiones pero las cosas habían llegado a tal grado de perversión en él, que me sentí contagiada.
En varias ocasiones, incluso, Luis llegaba adonde estuviéramos y Jorge siempre parecía tener cosas importantes y desaparecía, en realidad, su fin era espiarnos desde lejos. Por esa razón yo provocaba a Luis para que me acariciara más de lo permisible en lugares públicos. Lo tomaba de la mano para caminar juntos. A su vez, él acariciaba mis nalgas de cuando en cuando o me subía un poco las minifaldas de ocasión, de por sí cortitas, mientras me besaba profundamente. Recuerdo cómo reíamos y jugueteábamos, de la misma manera, recuerdo sus palabras: "cómo me gustan tus nalgas paraditas y redondas, tienes un culo precioso". Por cierto, sus palabras me hacían sentir avergonzada pero contenta. Yo le respondía besándolo en la boca y acariciando su pene erecto por encima del pantalón. De plano había momentos en que Luis se colocaba detrás de mí, me apretaba contra su cuerpo y Jorge se alejaba un poco, con el pretexto de encender un cigarro, pero sólo era para ver el movimiento d!
e mis nalgas sobre el sexo de Luis. Si íbamos al cine los tres, Jorge nos dejaba solos y cuando Luis y yo nos besábamos y metía su mano en mi entrepierna tocando suavemente mi sexo por debajo de mi faldita, Jorge nos observaba desde lejos y luego se sentaba como si nada, junto a nosotros.
Un buen día, fuimos los tres a comer a un restaurante casi solitario en san Ángel. Mientras comíamos Jorge tuvo una llamada de mensaje y se fue a responder de negocios. Por lo que aproveché para decirle a Luis que ya era hora de terminar toda esa farsa.
-Qué quieres decir, Sara. No me digas que.. la verdad no sólo me gustas muchísimo, tu cuerpo me enamora inevitablemente. No me digas que....
-No, tonto, -le dije con cariño. Ya no quiero estar con Jorge, me voy a separar de él y quiero saber si quieres que tú y yo continuemos.
Luis estaba sorprendido, me preguntó que desde cuándo sabía todo. Le dije que desde el primer momento, que pasó por mi mente vengarme de Jorge por tratarme como si fuera mercancía o como si yo le perteneciera, pero que ya no quería ni venganzas ni nada. Él me explicó que desde el principio se enamoró de mí y el porqué aceptó el trato de poseerme. Para no hacer esta historia larga, me separé de Jorge, me fui a vivir con Luis, enamoradísima de él, aunque hace dos años nos separamos.
En fin, hoy a mis 31 años disfruto enormidades mis noches de pasión y de orgasmos amorosos con mis parejas en turno. Actualmente salgo con un mulato de 42 años que posee una "cosa" fenomenal, algunas veces hacemos intercambios. Todavía no lo hago con dos hombres al mismo tiempo, pero me están queriendo convencer, si sucede les cuento.

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