Espiando a una Lolita



Por Herblay

En el piso de arriba de mi departamento viven dos hermanitos: Hernán, de 11 años, y Sandra, de 13; y enfrente de ese depa vivía una vecinita, Mini, que tendría unos catorce años y era hija única. Mini es una nínfula hecha y derecha: mide como 1.60, y tiene unas delgadas y duras piernas, unas caderas muy bien formadas y una breve cintura. Y aunque sus pechos son aún muy pequeños, están muy bien hechos. Sandra es casi de la misma estatura que Mini, y es un palillito en que apenas despuntan sus teticas, una niña, pues.

Estábamos en vacaciones de verano. Yo me la pasaba en la güeva, echado en mi cuartel, que era el cuarto de azotea, donde cheleaba, fumaba mota y le jalaba el pescuezo al ganso con singular alegría, hasta que un día mi rutina cambió, cuando noté que Mini usaba también su cuarto de azotea, exactamente atrás del mío, como refugio. Esa noche entré a su cuarto de azotea por la ventana, y taladré dos buenos agujeros que del lado mío eran amplios conos y del lado suyo dos estrechas y disimuladas rendijas. No sabía que uso les daría, pero espiar a una niña, robarle su privacidad, me parecía super excitante.

Los primeros diez días fueron un buen preámbulo. Ella solía llegar a las diez o diez y media, con sandalias, chorcitos y bodys o camisetas entalladas (¡sin brassiere!), y leía, jugaba solitarios, en fin, se hacía mensa pero, también, se tocaba. Sentada en un pequeño escritorio, mientras leía empezaba a acariciarse el sexo por arriba del chort, y entonces yo me sacudía la verga sin piedad ninguna.
El mejor de esos días, el séptimo u octavo, leyendo, leyendo, se sacó la blusa y empezó a mirarse en un espejo que tenía en una de las paredes laterales. Yo la veía hacer poses frente al espejo, apenas cubierta por sus chorts. Se movía con una sensualidad natural y acabó con la bragueta abierta, la mano dentro y masturbándose con el mismo furor que yo. Esa día estuve fantaseando miles de tonterías: pensé que podía conseguir una cámara y chantajearla, pero eso era muy bajo. Pensé también que, dado que era lectora, podía tratar de abordarla en buena lid, no se, era una escuinclita y empezaba a obsesionarme. Los sueños estaban duros, pero la realidad fue mejor.

El undécimo día de mi observación pasó algo absolutamente inesperado: Mini llegó más tarde de lo usual, pasadas las doce, y no entró sola, sino con Hernán, el mejor amigo de éste, un tal Juan que se aparecía a cada rato en el edificio, y otro mocoso del mismo pelo. Según entendí por el contexto y por lo poco que alcanzaba a oír, habían estado jugando turista o alguna tontería así en su casa, y le habían pedido insistentemente a mi adorada (ya la adoraba, tíos) que les enseñara sus pechos o algo así y terminaron apostando y, finalmente, Mini cedió a cambio de que ellos, a su vez, le ensañaran sus pititos.

Ahí estaban los tres guarrillos, enormemente excitados, y Mini se quitó la blusa, mostrando esos pechos pequeños, firmes y morenos que yo conocía ya de memoria. Los tres morros miraban extasiados (yo veía sus caras y la espalda de Mini), y entonces ella se puso la blusita y dijo que le tocaba ver. Ellos se bajaron los pantalones y mostraron sus pititos enhiestos. Ella los vio con cuidado, casi los tocó, y luego dijo: "ya están pagados: ahora vámonos". Y salieron.
Al día siguiente, Mini llegó sola y luego de observarse y acariciarse los pechos, como había hecho otras veces, se quitó las sandalias y los chorts. Fue estupendo: como yo había imaginado, no usaba calzones debajo, y pude ver el moreno perfil de su cadera, rogando a Bogo para que se diera vuelta y me dejara contemplar su espléndida y núbil belleza. Por fin lo hizo, pero sólo brevemente, porque volvió a ponerse muy poco después frente al espejo. Con todo, alcancé a ver el delgado hilo de pelo que bordeaba unos carnosos y prietos labios, y la ya abundante mata que cubría un muy prominente monte de venus.

Otra vez pasé una noche casi sin dormir, a pesar de que me maté a pajas. Y el día 13 de mi observación, que era viernes, volví a llegar al cuarto, a los dos agujeritos que llenaban mi vida entera. Cerca de la hora acostumbrada entró Mini, y ésta vez la acompañaban Hernán, Juan y Sandra.
Mini venía vestida igual que todos esos días, y Sandra parecía haberle copiado el atuendo, sólo que su playerita sin tirantes y sus chorts escolares eran mucho más holgados. Se sentaron a la mesa, y empezaron a jugar dominó. Yo no se, nunca pude saber ni quién les había enseñado a jugar dominó, ni que había pasado para que decidieran jugar a lo que iban a jugar, pero ahí estaban, Hernán y Juan contra Mini y Sandra. Los morros se quitaron su ropa, salvo los calzones, y empezó el juego.

Jugaban de apuesta: cada vez que una de ellas perdían, se sacaban una prenda, y cuando ganaban, los dos mocosos hacían 100 sentadillas. Pronto mi reinita y la niña amiga suya estaban en pelotas, y los dos morros habían hecho un buen ejercicio.

Pero no había reglas precisas o, si las hubo, se las pasaron por los huevos (u ovarios, cada quién). Yo decidí que no podía seguir así: estaba actuando peor que los críos: ellos habían tomado la iniciativa y yo, uno de los chavales más exitosos de la prepa, nomás los estaba mirando. No es que fuera yo un tigre, pero había perdido el virgo dos años antes, con la esposa de un amigo de la familia, una mujer de 28 años, madre de dos niños, a la que me follaba cada vez que había oportunidad, a la que me sigo follando, pero ese era todo mi bagaje.

Mini y Sandra estaban en pelotas, dije, pero debí haber dicho casi en pelotas. Mini sólo tenía sus chorts de licra, que marcaban muy bien su figura y debajo de los cuales, como yo sabía, no había nada más, mientras Sandra tenía puestos sus holgados chorts. De ésta niña no hablaré, porque casi ni la vi, pero mi princesa estaba esplendorosa, con sus pequeñas tetas desafiantes, su breve cintura y esas caderas que despuntaban golosamente. Yo me acariciaba la verga y pensaba y pensaba en posibilidades de acción a cual más descabellada.
Entre tanto, en el cuarto de al lado se interrumpía el juego, porque Hernán y Juan habían ganado una mano, y Mimi dijo: "se acabaron las apuestas, mis niños". Pero Hernán, que la miraba embobado, le preguntó "¿Puedes darme un beso?"

Mimi se levantó, mostrándose entera, majestuosa, y atrajo al pequeño bribón hacia ella. Y le dio un largo beso que me puso fuera de este mundo. El chaval le magreaba los pechos, sin cuidado ni sentido, y yo me vine -¡en mi mano, carajo!- con el mismo beso, primero del pequeño Hernán.
Como si hubiese estado esperando mi leche, Mimi se separó de Hernán y dijo "ya está bien", y empezó a vestirse. Solo entonces me di cuenta de que Juan y Sandra también estaban besándose y también dejaron de hacerlo al oír la voz de Mimi.

Mi princesita despidió a sus amigos y una vez sola, empezó a tocarse, con furia. Se acariciaba el clítoris por encima de la licra, hasta venirse en medio de profundos gemidos. Naturalmente, mis carnales, yo también me había masturbado por segunda vez en el día, siguiendo su ritmo y viendo cómo se arqueaba bajo sus propios dedos y como su carita angelical expresaba su ansia y su placer.
Esa noche decidí como acercarme a ellos, a los que hasta entonces sólo les daba los buenos días, pero también decidí que si para el martes no había pasado nada, tomaría otra decisión. No me importaría, me dije, fotografiarla y luego hacerle un vil chantaje, pero antes intentaría no caer tan bajo.

Así llegó el día 14, sábado. Yo estaba decidido a espiar su salida, hacerme el encontradizo en la escalera e invitarme al dominó. Pero lo que vi antes de la hora fue salir a Hernán, Sandra y sus papás con los arreos típicos de quienes se vana pasar fuera un fin de semana. Entonces subí al cuarto de azotea a meditar en las alternativas posibles. Ahí estaba cuando oí la puerta de la cueva de Mimi: ahí estaba, ya había llegado mi princesa.

Venía como de costumbre: espigada y morena, con su chorcito, su top y sus sandalias. Su pelo recogido en una cola de caballo, todavía húmedo, y su mirada perdida en su propio interior. Se sentó a leer y a las pocas páginas empezó a tocarse suavemente, sin moverse de la mesa. Eran apenas unos cariñitos, unos frotamientos ligeros. Pasaron así varios minutos hasta que sin dejar de leer, se sacó los chorcitos y siguió acariciándose. Yo maldije la posición de la mesa, porque no podía verle su chochito desde donde estaba ni la manera en que se lo meneaba, pero sí veía su cara, su expresión... empezaba a sacarme la pija para la primera chaqueta del día cuando tocaron a la puerta de Mimi. Ella se asustó visiblemente y preguntó "¿quién?" y cuando escuchó "Juan", se agachó por sus chorts.

Yo entonces tomé una decisión inmediata y salí precipitadamente de mi cuarto, alcanzando a dar la vuelta cuando Mimi abría la puerta a Juan, que llevaba bajo el brazo el dominó. Lo acompañaba el mismo guarrillo del miércoles, que, no tardaría en saberlo, se llamaba Mateo.
Saludé a Mimi, a la que apenas solía darle los buenos días, y les pregunté que si jugaban dominó, haciéndome el interesado, y a los dos minutos estaba ya con ellos. En la mesa de Mimi, con mis siete fichas frente a mi, y más atrás mi adorable princesa. Había entrado, por fin, a la fortaleza enemiga.
El juego de dominó era una vacilada: ninguno de los tres sabían más allá de poner las fichas, y la plática no fluía.
Tampoco había trago ni nada, y yo les daba algunos consejos elementales. Pronto aquello devino en clase: les enseñaba a contar las fichas, a seguir al compañero, digamos, dominó para principiantes.

Finalmente se pararon los dos morrillos: naturalmente, ese día mi presencia los había inhibido, y no habían podido ver ni tocar.

Mimi y yo los acompañamos abajo, para abrirles la puerta del edificio. De regreso le pregunté qué tanto leía y empecé a sacarle plática al respecto. Cuando llegamos a la azotea otra vez ya sabía yo que acababa de leer "El club Dumas", de Pérez Reverte, que le había encantado. Le ofrecí entonces prestarle "La tabla de Flandes", y en vez de entrar a su cueva entramos a la mía.

Tenía yo tres repisas de libros: una, de historia y filosofía, porque según yo estaba preparándome para la Fac, otra de literatura y, la de hasta abajo, de novelas policiacas y eróticas. Mientras yo buscaba el libro prometido vi que leía los títulos de la tabla inferior. Tomó "Todo está permitido" y empezó a hojearlo y me lo pidió prestado. Se lo di, por supuesto, pero le dije: "oye, si lo ven tus jefes nos va a ir mal", a lo que ella respondió que no me apurara. La despedí de beso y rocé su suave mejilla, olí su sudor ya adulto y la despedí.

Me maldije los huesos por haber sido incapaz de pedirle nada, de decirle nada, pero sabía que tendría que leer la novela en su cueva y que yo sería testigo de las reacciones que le causaran. Por si no la han leído, la novela habla de una adolescente precoz que se lo monta a su gusto desde muy pequeña. Mi amada dio la vuelta y se metió en su cueva. Cuando entró, ya estaba yo en mi observatorio, listo para ver lo que ocurría.

Empezó a leer y a tocarse. Estaba como en la mañana, antes del dominó, tocándose bajo la mesa. Al cabo de unos minutos se despojó de su chort. Yo retomé la paja interrumpida desde horas atrás, cuando ella hizo algo sospechosísimo: leyendo, sosteniendo el libro con la mano izquierda, se sentó sobre la mesa y abrió completamente las piernas de modo que antes de dirigir su mano derecha a su clítoris, me ofreció por primera vez un panorama completo de su vagina. Y aunque tenía poco pelo, su clítoris, enorme e hinchado, y sus labios prietos, me llamaban a gritos. Cuando empezó a frotarse, mi mano, que hasta entonces se había contentado con acariciar la cabecita y ese delicioso pliegue que la separa del tronco, empezó, por su cuenta, a agitar mi verga a gran ritmo, tal, que cuando lo noté bajé la intención.

Sus pezones se marcaban firmemente tras la estirada tela del top y su cara empezaba a cambiar y a ponerse mala. Su dedo índice y medio buscaron la entrada de su vagina (eso lo imaginé, porque tanto no veía) y yo decidí que se había acabado. Me guarde la rígida verga, me subí los pantalones y di la vuelta. Al llegar frente a su puerta, en lugar de tocar giré el picaporte y, ante mi susto y gusto (de los dos, tíos, me aterré y me entusiasmé por igual) la puerta cedió.
Mini estaba de espaldas a mi, pero al oír el ruido de la puerta se dio la vuelta.

-Vaya -dijo-. Por fin te atreviste.



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