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SUEÑO HUMEDO EN EL HOSPITAL |
Por IMPUDICOBSESIVO
Antes que nada permitidme exponerles que éste relato es ficticio y no ha ocurrido, es sólo fruto de mi imaginación y los personajes no son reales. Quisiera pedir disculpas anticipadas llegado el caso de que alguien se sintiera ofendido(a) por su contenido y expresiones, su único propósito es divertir y entretener.
Mi sueño comienza en la consulta de un Hospital. Me encuentro con una bata blanca de Doctor revisando unas historias clínicas tras haber despachados varias consultas ya.
La puerta se abre dejando ver la sinuosa y escultura figura de mi enfermera….
- Doctor le paso a la Sra. que viene para una revisión general, ya es la última paciente de hoy con ella termina consulta.
- Muy bien gracias dile que pase por favor – contesté sin levantar la vista de los papeles.
Al momento oigo unos pasos inequívocamente femeninos y una voz muy sensual que me saluda casi susurrando:
- Buenas tardes.
Ahora si que levanto la cabeza y miro entre intrigado y admirado a la fabulosa mujer que tenía delante. De unos 27 años de edad, con una esplendida talla 40 y unos 1,68 m de altura, su larga cabellera morena descendía hasta la mitad de su espalda. Lucía un elegante y ajustado vestido negro que dejaba adivinar unos firmes y turgentes senos; todo esto complementado por un diminuto bolso a juego con unos zapatos de tacón alto de aguja que la dispensaban un aire más atractivo y sugerente. Aunque lo que de verdad me cautivó fueron sus grandes ojos negros y su preciosa y perfilada boca.
Sin despertar de mi asombro – puesto que yo esperaba a una señora madura y entrada en años – me levante alargándole la mano cordialmente indicándole que tomara asiento al tiempo que le devolvía el saludo.
- Buenas tardes, cuénteme…
- Pues verá Doctor hace ya unos días que noto unas molestias en las cervicales justo aquí atrás – dijo señalándose la espalda por encima de los hombros, este movimiento remarcó aún más sus pechos contra el apretado vestido y sus pezones pugnaban por salir airosos de esa asfixiante reclusión -, pero eso no es todo… continuó hablándome, - también siento esos mismos síntomas en la espalda a la altura de la cintura -.
- Muy bien, dije al tiempo que me levantaba sin quitarme de la cabeza la imagen de sus furibundas tetillas y me acercaba a ella, vamos a ver esas cervicales.
Coloque mis manos sobre sus desnudos hombros notando por primera vez el tacto suave y delicado de su piel. Con aire profesional hice una leve pero firme presión, la chica se encogió y exhaló una pequeña queja.
- Vaya, dije con cierta sorpresa, ciertamente parecen lesionadas…
- ¿En que trabaja Usted? Pregunté
- Soy administrativa, respondió
- Ajá, deduzco entonces que se pasa muchas horas al día sentada frente a una mesa y quizás delante de una pantalla de ordenador, ¿no es así?
- Así es doctor, volvió a contestar ella.
- Bueno, bueno, bueno… dije para mí aunque ella pudo oírlo.
- Bien, exclamé finalmente, ahora para examinar su espalda necesitaré que se desnude y se tienda en la camilla boca abajo, puede desvestirse detrás de ese biombo si es tan amable…
No pude terminar la frase. Con un gesto felino y sin ningún tipo de objeción ni pudor por su parte, aquella mujer se levantó y con un rápido y ensayado movimiento giro su mano derecha hacia su nuca y desabrochó su cremallera. Su vestido se deslizó vertiginosamente hacia el suelo ayudado por un grácil contoneo de sus caderas y yacía ahora postrado a sus pies descubriéndome por completo los secretos de su cuerpo. Con un sutil y elegante ademán digno de una señora de la más alta alcurnia, levantando primero un pie y luego el otro se desembarazó de las ataduras de su vestido y se quedo un instante mirándome divertida y orgullosa de lo que me estaba mostrando, segura de su hermosura y la perfección de sus formas. Luego caminó elegantemente hasta la camilla y ante mi asombrada e incrédula mirada se tendió boca abajo cruzando las piernas seductoramente.
- No sé que pensará de mi Doctor, espero que no le ofenda que no lleve ropa interior, me dijo, no esperaba tener que desnudarme y con este vestido la ropa interior es incomoda y queda marcada lo cual es de muy mal gusto.
- No, no, de ninguna manera, acabé por decir yo, es normal en una consulta médica tener que ver a muchos cuerpos desnudos, ya estamos habituados a ello.
Si bien es verdad que esto era cierto, pocas veces había tenido la ocasión de contemplar alguno así de esbelto y bien formado. Sin embargo me percaté de que a mi paciente aparte de su dolencia física también padecía otro trastorno pero mental. Era una exhibicionista obsesiva, la encantaba que otros admiraran su cuerpo y a ella le gustaba mostrarse sin decoro en todo su esplendor. Se sabía preciosa y deseada y con ello disfrutaba la muy zorra haciendo sufrir a quienes tenían la fortuna de verla.
Maldije mi perplejidad anterior que me impidió reparar con detalle en sus senos, y decidí recobrar el sentido de la profesionalidad y concentrarme en mi terapéutica labor, pero mi ego machista clamaba venganza y pedía a gritos desde mi interior darle su merecido a aquella maliciosa mujer.
Ella estaba ahora tendida sobre la camilla, despojada de toda vestimenta y solo con unos zapatos de tacón alto que me estaban volviendo loco por la forma redondeada que proporcionaban a sus piernas y sus nalgas, la melena suelta hacia atrás y las manos unidas bajo su barbilla.
Mirándola desde arriba deslice suavemente mi dedo índice recorriendo su columna vertebral hasta llegar al nacimiento de sus glúteos; pude percibir un ligero escalofrío en ella pero no se quejó. A continuación posé mis manos en sus riñones y comencé a masajearlos con firmeza.
- ¿Le duele aquí?, pregunté.
- Un poco, si, sí es por ahí, respondía ella con descarada sensualidad.
Continué unos minutos con el masaje y luego pulse con mi dedo en su cóccix con cierta fuerza y ánimo de castigarla por aquella morbosa situación que tanto la deleitaba. La reacción fue inmediata y ella se retorció con un espasmo que recorrió todo su cuerpo.
- UFFFFF! Eso ha dolido un poco Doctor.
- No se preocupe es normal, dije yo, estaba comprobando sus reflejos.
Al cabo de unos segundos de silencio le comenté:
- Lo que necesita Usted son unas sesiones de masajes en las cervicales y región lumbar, le facilitaré la dirección de un gimnasio donde terapeutas especializados la atenderán encantados.
Fui hacía mi mesa para escribir la prescripción cuando ella me imploró:
- Pero no podría hacer algo usted ahora Doctor para aliviarme, me sentó muy bien el masaje de los riñones, ¿no podría hacerlo usted más intenso y completo?
Me estaba a poniendo a prueba, quería saber hasta donde podría llegar a soportar sus insinuaciones y provocaciones sin abalanzarme sobre ella y penetrarla salvajemente. Yo lo sabía y ella lo sabía así que resolví aceptar el reto y recoger el guante lanzado por aquella desvergonzada y arrogante mujer.
Con aire decidido abrí la puerta y le dije a la enfermera que podía retirarse que no iba a necesitarla más y que cerrara la consulta con llave al salir. Ella asintió sonriente como augurando lo que iba a suceder en aquella habitación en cuanto se marchara de allí y me dedicó una sonrisa cómplice y picarona.
Al tiempo que se despedía me lanzó una invitación con su mirada y me dijo:
- ¿Seguro que no va a necesitarme más Doctor? No me importa quedarme si es necesario.
Dudé por unos instantes y aunque la posibilidad de encontrarme con dos imponentes y deseosas hembras para mí sedujo mi morbosa libido, decidí que éste asunto debía resolverlo yo sólo, así que despedí a mi enfermera hasta el día siguiente y ella se marchó algo defraudada.
Regresé a la consulta pidiendo disculpas a mi paciente por mi tardanza y me dispuse a fraguar mi venganza contra aquella depravada de conducta disoluta que se divertía colocándome en aprietos mientras daba rienda suelta a su vicio.
- Bueno…, mascullé yo, no soy especialista en esto, pero debemos empezar por crear un ambiente relajante y placentero, hacer que se sienta cómoda como en casa y que se libere de preocupaciones, ya no espero a nadie más hoy y esto podría llevarnos un tiempo.
- Gracias Doctor muy amable, tómese su tiempo yo por mi parte me siento muy bien así, contestó ella agradecida.
Y de verdad que era así. Se le notaba que gozaba mostrando indecente y obscenamente su cuerpo con la excusa de ser examinada por el médico, eso la ponía, la excitaba y la hacía sentirse la dueña de la situación, pero eso iba a cambiar muy pronto…
Acercándome a ella, le coloqué un antifaz opaco de los que se usan para dormir para impedirle la visión. Se sorprendió de esta acción pero enseguida la tranquilicé explicándole que era para que se sintiera aislada del exterior y pudiera relajarse más fácilmente.
- Muy bien, ahora incorpórese un poco sobre la camilla, le dije ayudándola a hacerlo, eso es y déjeme la espalda rígida con los brazos en tensión, apoye las manos en la camilla. Perfecto, descanse sobre las rodillas,… listo eso es.
Ahora estaba como la quería, a cuatro patas como una perra más indefensa y vulnerable que antes porque no podía verme aunque ella sabía que yo la estaba contemplando en aquella lujuriosa postura, admirando la firmeza de sus muslos e intuyendo lo aterciopelado de su sexo.
Me entretuve unos minutos en examinarla desde todos los ángulos solazándome en sus pechos y en sus piernas, sintiéndome su amo y regocijándome de lo que estaba tramando para ella.
Lentamente, saboreando cada segundo, me fui desnudando sin que pudiera verme, primero mi bata, mis zapatos y calcetines después, luego mi camisa. Cuando le llego el turno a mi pantalón mi excitación se había apoderado por completo de mí. Frente a ella ajena y desconocedora de lo que ocurría a su alrededor me encontraba semidesnudo y alterado.
Con el corazón a punto de escapárseme del pecho y la respiración agitada, bajé mi cremallera de un tirón con un gesto espontáneo y recurrente dejando oír un chirrido característico e inconfundible. Presintiendo por el sonido lo que estaba sucediendo la mujer esbozó una ligera sonrisa apenas perceptible. Mi mano se deslizó a través de mi bragueta y acarició mis partes por encima del slip. Una prominente erección comenzaba a manifestarse de forma notable cuando por fin desabroché el botón del pantalón y éste se derrumbó hacia el suelo precipidamente.
Cubierto únicamente con los slips me situé frente a ella, cerca muy cerca de su rostro, tanto que podía sentir su entrecortada respiración en mi vientre. Ella también se apercibió de mi proximidad, pero no hizo movimiento alguno. Con parsimonia, obscenamente y con la mayor indecencia de la que era capaz fui deslizando los slips dejando poco a poco al descubierto una tupida y poblada pelambrera negra…, el nacimiento de mi pene ya casi erecto fue lo siguiente en dejarse ver… el elástico de los slips continuó resbalando perezosamente a lo largo del miembro sacando a la luz cada vez más porción de mi rabo…, una gruesa e inflada vena de color azulado fue apareciendo a lo largo de mi vástago a medida que la tela se retiraba…, cuando empezó a asomar el prepucio, dí un tirón brusco y bajé de golpe el slip… el resultado fue un efecto similar al movimiento de un trampolín, de modo que mi verga inició un furioso e incontrolado bamboleo que a punto estuvo de alcanzar la nariz de aquella pécora.
La visión de mi poya erguida frente a ella sin que pudiera figurárselo terminó de completar mi arrebato y entusiasmo. Agarre mis testículos y los estruje vigorosamente para potenciar del todo la tirantez del miembro. De mi glande rosado y resplandeciente asomaba tímidamente ya una gota de esperma que mis oprimidos cojones habían dejado escapar.
Ya la tenía a mi merced pero para completar el cuadro y poder ejercer mi dominio saqué de uno de mis cajones un viejo collar de cuando tuve perro y su cadena de sacarlo a pasear. La hembra se giró agitada al oír el tintineo metálico lo cual me ayudó a colocárselo alrededor de su frágil cuello.
Al sentir su garganta subyugada ella dio muestras de querer rebelarse pero yo tiré de la cadena hacia arriba ahogándola y la doblegué. Mientras la tenía retenida en esa lasciva postura la acariciaba los muslos embrujado por sus curvas y dejaba volar mis manos impunemente entre sus piernas sintiéndome su dueño. Noté al pasar mi mano por su vulva que se empezaba a humedecer, pero yo no quería permitirte eso todavía…, así que se ganó unos buenos cachetes en las nalgas. El castigo se prolongó hasta que un color rosado afloró en sus glúteos. Gemía y se estremecía entre dolorida y excitada y su ondulada cintura se convulsionaba al compás de los azotes. Me detuve entonces y acaricié largamente su espalda, estaba verdaderamente hermosa en esa postura.
Admiré sus grandes y bien formados pechos con sus pequeños y destacados pezones surgiendo en todo su esplendor y permití que mis dedos por unos momentos se encaprichasen con ellos. Al contacto de mis manos reaccionaron emergiendo más rígidos y pujantes. Continué deslizando mi mano por su terso vientre e introduje un dedo en su ombligo taladrándolo suavemente hasta que conseguí que de nuevo volviera a estremecerse como antes y su cintura se moviera rítmica e insinuante arriba y abajo como una gatita en celo.
Su trasero me excitaba mucho y ella sabía moverlo muy bien……
Le llegó ahora el turno a su sexo. Como no podía ser de otra manera, su parte más íntima presentaba un aspecto pulcro e impecable con un vello no muy abundante y bien cuidado como si del "green" de un campo de golf se tratara; y por unos instantes creí ser un golfista pateando su "green" mientras mi mano acariciaba su monte de Venus.
Perdí la noción del tiempo coqueteando con sus ingles y dejando escapar distraídamente un dedo de vez en cuando hacia su templo de amor, notando como su clítoris empezaba a manifestarse rabioso e impaciente y como sus jugos vaginales manaban por fuera de su concha.
Me coloqué a su espalda y separé sus piernas todo lo que pude. Frente a mí, con mis manos en sus muslos, abriendo sus piernas y mirando sus partes más secretas y prohibidas con total descaro y desvergüenza, podía hacer con ella lo que me apeteciera y nada podría hacer ella por impedirlo. Eso la excitaba y le daba miedo, la ponía cachonda y la asustaba a la vez.
Ahora me pertenecía, era mía y la iba a poseer de la forma más sucia y denigrante que imaginara para satisfacerme y humillarla. De nuevo tanteo sus firmes muslos antes solo insinuados por su ajustado vestido; los pellizco y manoseo a mi voluntad, deslizo mis manos a capricho por ellos hasta llegar a su centro de gravedad, se lo acaricio entre divertido y nervioso hasta conseguir que sus jugos se derramen incontenibles y se esparzan entre mis dedos. Estaba casi a punto de correrse.
Súbitamente, sin yo mismo saber porqué, apreté inconscientemente y con fuerza entre sus labios menores enterrándole dos dedos en lo más hondo de su vagina. Ella se sobresaltó y dio un brinco al que siguió un grito de dolor…, - olvídate zorra - le susurro al oído - , nadie va a oírte.
Mis dedos la perforan sin ningún tipo de miramiento y ella sin dejar de revolverse continua vertiéndome su miel. Intensifico el ritmo de mi brazo y el metesaca se hace ahora frenético y vertiginoso. Su matriz comenzaba a dilatarse y me doy cuenta de que va a correrse de un momento a otro. Sin dejar de masturbarla escupo mi saliva sobre el oscuro y angosto orificio de su culo; parte de ella se escurre hacia su coño que lo absorbe goloso; a pesar de ello, la mayoría se queda estancada en la cóncava hendidura de su esfínter, propiciando con ello la entrada de otro de mis dedos en su lubricado recto. Su respuesta fue una pequeña convulsión acompañada de una exhalación de gozo. Inicié un movimiento de rotación en su ano removiendo cadenciosamente mi dedo dentro de aquel estrecho pasadizo. Fue entonces cuando metí un tercer dedo en su raja al tiempo que vuelvo a acelerar los movimientos de mi mano clavándole hasta los nudillos el dedo en su ano. En aquél momento ella llevada por el éxtasis levanta sus caderas buscando profundizar la masturbación mientras jadea, suda, y por fin entre espasmos, convulsiones y gemidos se corre como una guarra en mi mano. Ya ha perdido todo atisbo de decencia y dignidad - si alguna vez tuvo alguno -, convirtiéndose en una perra en celo incontenible y con ganas de poya.
Todavía seguía maullando de placer, disfrutando de su orgasmo, cuando de la misma manera en que entraron, extraigo mis dedos de sus aberturas y me situó ahora delante de su cara. De un manotazo le arranco el antifaz que la cubría, liberando de la oscuridad sus grandes ojos negros y reparo en su mirada lasciva y desafiante. El brillo encendido de sus pupilas me reta y me suplica. Conozco esa expresión lujuriosa de hembra provocadora, lasciva e incitante, es deseo lo que transmite…, sé lo que quiere y se lo voy a dar.
Dando un paso más hacia ella dejo mi miembro rígido y exultante emergiendo frente a su semblante desencajado; se lo muestro pletórico y voluminoso ante su asombrada mirada, que fascinada, no logra apartarse de él. Lenta, pero inexorablemente se la arrimo a su rostro con perversas intenciones hasta el punto de permitir que toque en su nariz.
Sorprendida, y sin darle tiempo a reaccionar para que no se percatara de mis propósitos, agarré su cabeza por la nuca y de un violento empujón clavé mi verga en su boca; el contacto de su saliva sobre el miembro, alivia mi ardor y cierro mis ojos complacido. Ella intenta desesperadamente recuperar el control y encajar en su garganta el pedazo de carne que ahora tenía embutido entre sus dientes. Con cierta dificultad va engullendo mi rabo, reteniendo alguna que otra nausea para no vomitar, pero en seguida se siente a gusto y emprende golosa la tarea de chupar con fruición mi amoratado pene.
- MMMMMMMMMM!!!!!! No es la primera vez que haces esto ¿verdad?
Su contestación fue un gorgojeo incomprensible mientras mi poya entraba y salía voluptuosamente de su boca. Miré hacia abajo para contemplar su destreza con la lengua y mi gozo fue pleno al comprobar como en el interior de sus carrillos la abombada cabeza de mi pene se dibujaba triunfadora pugnando por salir.
En aquella posición, y manteniéndola siempre sujeta por la nuca, podía manejarla a mi antojo, mientras aguantaba su cabeza con ambas manos podía follarme su boca con envites prolongados de mis caderas. De cuando en cuando la apartaba de mi entrepierna para dejarla respirar un poco y ver su rostro de posesa hambrienta de poya. ¡¡Como me enervaba la visión de su cara destilando saliva por la comisura de sus labios y resbalándole por la barbilla!!
Volví a meter mi rabo en su mancillada boca y continuó sorbiendo mi endurecido aparato. Con singular maestría digna de las más consagradas meretrices, paseaba su lengua por mi capullo, haciendo vibrar su punta sobre mi fisura y tragándoselo después cada más profundamente hasta llegar a la raíz de mi virilidad… aguantó allí un segundo que se me hizo intenso y eterno y dejé escapar un juramento de pleno gozo.
Su saliva corría libremente por mi entrepierna inundando todos los rincones y oquedades de mis genitales. Mi nabo estaba a punto de estallarle en la boca e inundarla de semen. Consciente de ello me resistía para no dispararle mi leche en su garganta y prolongar hasta el límite aquella maravillosa mamada. Extasiado noté como la yema de sus dedos retozaban entre mis testículos, recorriéndolos con una firme dulzura propia de las amantes más expertas.
Mis sentidos ebrios de placer transmitían a mi cuerpo sensaciones indescriptibles; era como caer por una catarata, pero el clímax alcanzó su cúspide cuando uno de sus atrevidos dedos traspasó impúdicamente el orificio de mi trasero y comenzó a retorcerse obscenamente invadiendo el más recóndito y apartado rincón de mi anatomía.
Permaneció unos minutos explorando cada vez más profundamente mis más oscuras intimidades. Me condujo a un punto en que mis piernas comenzaron a flaquear y mis suspiros se hicieron más patentes y acompasados. No iba a poder contenerme mucho tiempo más…, ni lo pretendía tampoco. Cerré los ojos disponiéndome a disfrutar plenamente de la felación y de la inminente corrida que se prometía cálida y copiosa, cuando aquella pérfida mujer acaso porque sabía que estaba ya próximo a correrme, apartó la cabeza de mi bajo vientre aprovechando un descuido mío. Casi asfixiada y sin aliento alzó su mirada vanidosa y triunfante. Entre jadeos me observaba orgullosa y desafiante, satisfecha de su labor y sobre todo por el hecho de haberme dejado tirado en el mejor momento privándome de mi satisfacción.
Al verla en ese estado de eufórica embriaguez recobré mi posición autoritaria y dominante, decidido a devolver a aquella presuntuosa a su estado de sumisión y hacerle pagar cara su insolencia. Fue entonces cuando me volví hacia un armario adyacente y de él saque un rollo de cinta americana de la que se usa para embalajes. Con rápidos movimientos sujeté sus manos fuertemente a la camilla con la cinta de embalar, primero una mano y luego otra, sin que ella opusiera la más mínima queja o articulara palabra alguna. Ejerciendo una enérgica presión sobre su cogote, la obligué agachar su arrogante frente, ayudándome de este apoyo para subirme a la camilla y colocarme de rodillas tras ella.
Con mi pene henchido de deseo, rojo de cólera y ardiente como las brasas, absolutamente tieso y bien lubricado me dispuse a tomarla y dar cumplida venganza liberando mis más bajos y sucios instintos, mientras todavía podía sentía escurrir con deleite las últimas gotas de su saliva por mis testículos. Me detuve a contemplarla una vez más. A cuatro patas frente a mi y plenamente abierta aquella mujer me brindaba la visión más perfecta y completa de sus dos aberturas.
Expuesta como una mercancía en un mercado la tenía de nuevo a mi merced y supe percibir su inseguridad y sometimiento a mi voluntad que aproveche para explorar hasta el más ínfimo de los detalles de su parte más femenina. Su depilada rajita se me antojaba como un templo de placer y deseo, sostenido por las robustas columnas de sus muslos que pulcramente rematados en la soberbia redondez de la cúpula de sus nalgas prometían la mayor de las delicias. Me embelesaba ese tono rosado de sus genitales contrastando con el moreno azabache de su piel. Disfrutaba sintiéndome su amo y señor mientras posaba las palmas de mis manos en sus glúteos separándolos voluptuosamente y recreándome en mirar con total impunidad como el estrecho orificio de su recto se dilataba y encogía obedeciendo dócil al movimiento circular que yo les imprimía. Me regocijaba rozando la cabeza de mi poya por los pliegues de su sexo, admirando divertido como cedían obedientes y se plegaban a la presión de mi miembro.
Me encontraba en la cima del mundo, con una sensación de poder que casi igualaba o superaba a la meramente sexual, con una hembra disciplinada y obediente, resignada a cumplir todas mis pretensiones por muy obscenas que pudieran ser, y sobre todo impulsado por el deseo y ansía de escarmentarla por su osadía anterior.
Sin mediar aviso y sin ninguna delicadeza por mi parte, la embestí empotrando mi verga vigorosamente en su tierna abertura, penetrando con fuerza en su interior, abriéndome paso entre sus entrañas a golpe de poya y profanando los más íntimos y sagrados lugares de su cuerpo.
Un gruñido de protesta se escapó de su garganta demostrando para mi mayor disfrute, que a pesar de estar lubricada y húmeda mi intrusión la cogió desprevenida. Se giró a mirarme con colérica expresión como exigiendo una explicación por aquella violación pero mi respuesta fue ignorarla mientras seguía penetrándola con furia y fustigaba su trasero a voluntad con esporádicos cachetes.
Dios que suave y aterciopelada sensación de agrado me estaba proporcionando aquella fabulosa hembra mientras la poseía de aquella manera tan brutal. La mantenía fuertemente asida por sus caderas pellizcándola mientras clavaba una y otra vez con saña y frenesí mí vientre entre sus nalgas. Tal era la fuerza y el ímpetu que podía oírse el acompasado golpeteo de mis bolas contra sus posaderas proporcionándome otro motivo más de goce y excitación. Sus pechos parecían haberse vuelto locos zarandeándose como posesos sin rumbo fijo chocando uno contra el otro produciendo el inconfundible sonido del contacto de la carne con la carne.
Sus ya irreprimibles gritos manifestaban ahora una mezcla de dolor y placer forzado; al fusionarse con mis jadeos componían una lujuriosa y morbosa sinfonía. Yo seguía bombeando incansable en su dilatado y empapado coño. De tanto en tanto, me dejaba caer sobre ella impetuosamente para clavarle mi poya hasta el fondo de su útero con el único propósito de profanar hasta el último rincón de aquella traidora ninfómana. Empujaba al límite hasta poder sentir la dolorosa presión de mis testículos contra su pelvis y cuando llegaba a este extremo intentaba mantenerme así el mayor tiempo posible. Sus afligidos sollozos eran mi mejor recompensa.
Desde lo alto podía ver como de su larga y bien formada espalda afluían ahora infinitos manantiales de sudor que tras discurrir por su interminable columna vertebral resbalaban inagotables por su rabadilla desembocando y aplacando el ardor mis irritados huevos.
Yo como un loco poseso y sin control, no cesaba de clavar el miembro en su ardiente vagina, ultrajándola y poseyéndola como a una perra, pero todavía quería humillarla y vejarla más.... incorporándome sobre la camilla me puse en cuclillas y me incline hacía delante con lo que mi poya penetró íntegra y plenamente en lo más profundo de su abertura. Aquella posición era muy forzada y más incomoda, pero así ella podía sentir en toda su magnitud la longitud de mi mango en su interior. Asimismo, yo ahora notaba como su redondeado trasero se incrustaba en mis huevos y bajo vientre proporcionándome una sensación de placer indescriptible.
Gozaba empalándola de aquella manera. Ella rugía follada ferozmente pero no claudicaba ni pedía por ello que me detuviera. Levante la vista y por un segundo vislumbré su rostro reflejado en el cristal de una vitrina, descompuesto y jadeante, empapado en sudor con una mueca en sus labios de ansiedad y apretando con desesperada furia los dientes.
Aquella visión fue el preludio de mí advenimiento. Acelerando aún más mis movimientos, mis gemidos empezaron a convertirse en sonoros estertores de placer y sin darme cuenta de ello empecé a gritar escandalosamente. Sobrexcitado en grado máximo mi miembro alcanzó el punto culminante de su erección, adquiriendo su máxima dureza y rigidez e hinchándose hasta colmar las paredes de su vagina
En ese preciso instante e intuyendo mi inmediata e inevitable eyaculación, la mujer vociferó angustiada – NO TE CORRAS DENTRO POR LO QUE MAS QUIERAS –.
Como un resorte me retiré de las cálidas entrañas de aquella desconocida justo a tiempo de ver como mi poya expulsaba por el aire efusivamente el primer chorro de esperma que terminó posándose en su espalda. Precipitadamente, mi mano se aferró a mi poya y con unas pocas y enérgicas sacudidas terminé de eyacular.
Un bramido de gozo y alivio surgió triunfante de mi garganta, en el preciso instante en que mi leche brotaba a generosamente de mi verga, regando sus nalgas y depositándose sobre su espalda. Abandonándome a la vorágine del orgasmo transcurrieron unos intensos y jugosos segundos, que mi esperma aprovechó para chorrear a través de la raja de su culo hasta su escocido coño y beneficiándose de la redondez de su trasero gotear hasta la camilla.
Sudoroso y sofocado golpeaba con la cabeza de mi rabo su ahora pegajoso y pringado culo impregnándolo de una mezcolanza de semen, sudor y saliva. Continué restregando mi glande contra su raja y su rabadilla complaciéndome con el roce de su piel. A pesar de haber perdido rigidez, aún conservaba bastante dureza para infiltrarse inadvertidamente en la estrechez de su ano.
Así fue. En una de las ocasiones que acertó a pasar sobre su pequeño orificio, mi pene fue engullido y succionado con facilidad por su esfínter. Intenté progresar en su interior pero no lo conseguí. Ella dejo escapar un gemido apenas sin fuerza.
Me incorporé un poco más para situarme mejor y mi nabo se escapó fortuitamente de su lóbrega mazmorra. No estuvo fuera mucho tiempo. Montándome sobre ella de nuevo conduje mi miembro hasta la entrada de su recto y presioné con fuerza. Ya más ensanchado y húmedo, esta vez su orificio cedió dócilmente permitiendo que mi verga penetrase con mayor ímpetu y profundidad.
Un agudo quejido rasgo el aire y por unos momentos ella intentó liberarse del intruso que irrumpía y profanaba impúdicamente su más velado y recóndito escondrijo. Elevé de nuevo sus caderas inmovilizándola en esa postura con mis manos y atrayéndola hacia mí y así poder hundirle mi aparato más adentro. Sus vanos intentos por desprenderse de aquella opresión dieron como resultado todo lo contrario a lo que ella pretendía, puesto que las sacudidas compulsivas de su cintura y sus nalgas lograron reavivar la erección de mi pene que gradualmente recuperó su consistencia y solidez. La original estrechez de su agujero iba desapareciendo a medida que mi verga ensanchaba su pasadizo secreto, y pronto estuve preparado para emprender un nuevo y más denigrante abuso favoreciéndome del bello cuerpo de aquella desvergonzada.
Al principio con un cadencioso y acompasado movimiento de cadera fui venciendo la débil e inútil resistencia de su esfínter a las embestidas de mi pene. Ella aún vociferaba algún que otro lamento de dolor y más de un improperio hacia mi persona que lo único que conseguía era enardecerme más si cabe.
Poco a poco, sin prisa y disfrutando de cada segundo, de cada envite contra sus nalgas, de cada queja y de cada suspiro fui acrecentando el ritmo de la cabalgada. Si antes podía ver como toda mi poya salía lentamente de su orificio hasta dejar casi fuera la cabeza para entonces volver a entrar en él, ahora la celeridad del mete saca no me permitía apreciar más que una imagen borrosa de sus glúteos y mi aparato entrando y saliendo de ellos con toda rapidez.
Todo mi cuerpo se agitaba y se esforzaba por ayudar a mi cintura en su delirante y furioso movimiento. Mi pene ardía dentro de las entrañas de aquella furcia. La fricción producida contra las paredes de su recto no sólo había conseguido elevar su tamaño, sino también su temperatura. Estaba gozando como nunca y por partida doble. Disfrutaba del placer meramente físico y sexual producido por la fogosa enculada y también del ultraje y vejación que le causaba sodomizandola y avasallándola de aquel modo tan denigrante.
Por fin ella abandonó toda resistencia a la violación y sus movimientos antes bruscos y forzados se tornaron en sinuosos y felinos. Ya no pugnaban por liberarse del intruso encajado en su retaguardia sino que se adaptaban a él acompañándolo en todo su oscuro recorrido. Meneaba el culo como una verdadera especialista adaptándose como un guante a mi verga y tomándole la medida para que no se escabullera de su negro agujero. Resolví entonces dejarme cautivar por los sentidos y las sensaciones de placer que recorrían mi sudoroso cuerpo, cediendo la iniciativa a mi seductora acompañante.
Yo de reojo miraba de cuando en cuando el reflejo de su rostro en el cristal de la vitrina, advirtiendo complacido un rictus de resignada sumisión y sometimiento.
Sin apenas darnos cuenta de ello, nuestros gemidos empezaron a sonar unánimes cada vez con mayor fuerza y simetría y nuestros cuerpos se sincronizaron propiciando el aumento y la proximidad del orgasmo.
En el umbral del éxtasis golpeé instintivamente sus nalgas produciendo sus carnes unos morbosos chasquidos. Aquello fue el detonante final. No pudo dominarse más y empezó a espolearme para que le metiera mi verga más fuerte y más dentro de ella. Sus gritos e insultos fueron los emisarios de su orgasmo, y sus estremecimientos espasmódicos y convulsos los testigos indiscutibles de su salvaje corrida entre sus piernas.
Profusamente sus líquidos se abrían paso entre nuestros cuerpos. Jadeante y agotada, pero decidida a exprimir todo el jugo a este nuevo e inesperado clímax, no cesaba de zarandear su trasero contra mi miembro como una campana a su badajo. La muy guarra sabía como hacerlo y yo no podía contenerme más. Sus gemidos y suspiros de placer retumbaban como martillos en mi cabeza y las sacudidas de sus nalgas se transmitían a todos los confines de mí ser…
Un agradable y creciente cosquilleo comenzó a surgir de mis testículos emergiendo con gozoso ímpetu y extendiéndose arrebatadora y vertiginosamente como un Tsunami por todo mi pene hasta alcanzar el glande… sabía que me iba a correr irremisiblemente de un momento a otro en el culo de aquella provocativa hembra regando con mis jugos aquel estrecho y estéril agujero femenino.
No sé qué retorcida y siniestra ocurrencia me cruzó fugazmente por la mente en aquel momento. Lo cierto es que tan inesperadamente como minutos antes hiciera en su vagina, retiré mi poya de su culo aferrándola con fuerza para contener la eyaculación, y saltando ágilmente de la camilla al suelo me planté frente a ella.
Bruscamente, sin perder un segundo, levante su rostro asiéndola firmemente de su cabello moreno y con un rugido de alivio que enmudeció su grito de dolor, dejé que mi poya se vaciara tumultuosamente sobre su extenuado y sobrecogido rostro esparciendo mi semen entre su frente, su nariz y sus mejillas. Apenas tuvo tiempo de cerrar los ojos instintivamente para protegerse de la descarga de esperma que se le venía encima. Fue lo único que pudo hacer puesto que yo la mantenía inmovilizada impidiéndole que girara la cabeza.
Al sentir el contacto de mi leche caliente con su piel, trató de apartarse protestando y refunfuñando enojada, pero aquello sólo le sirvió para que una segunda andanada de mi semen traspasara su boca entreabierta depositándose en su dulce lengua.
Mi verga iba perdiendo consistencia y rigidez pero aún derramaba esperma al machacármela y deambulaba indecorosamente sobre sus labios y sus mejillas. Me dediqué complacido a cubrirla de crema extendiéndola por su cara, pringándola con mi esencia pringosa y viscosa prolongando así mi orgasmo.
La visión de mí corrida esparciéndose por su semblante, fluyendo cansinamente y desparramándose desde sus pómulos hasta alcanzar sus labios y su barbilla aplacó mi vanidad y restituyó mi orgullo reintegrándome mi dignidad.
La mujer presentaba un aspecto patético entre cómico y grotesco. Inmóvil como una muñeca, amarrada, abierta a cuatro patas y sólo tapada por un collar de perro y unos zapatos de tacón. Sudorosa, cansada y vencida con mi esperma reseco en su espalda y sus nalgas haciéndola sentirse sucia e indecente, violada y sodomizada, con el regusto amargo de mi esperma en su paladar y chorreándole por su rostro como si fuera una capa de barniz protector que cubriera todos sus poros.
Como último gesto de insolencia por mi parte limpié mi pegajoso y empapado pene restregándolo en su negra melena y dejándole prendido en ella los postreros vestigios de mi corrida. Después de esto me sequé el sudor del cuerpo y la cabeza y me vestí parsimoniosamente sin dejar de mirarla.
Antes de desatarla y marcharme de allí busqué entre los bolsillos de mi chaqueta mi teléfono móvil y retraté aquel rostro perfecto maquillado con mis jugos para recordarlo siempre en mis fantasías.
Hecho esto liberé a mi prisionera que sin dirigirme una palabra ni una mirada recogió su vestido y se fue de allí.
A la mañana siguiente desperté en mi cama con una prominente erección matutina. Mis slips, mi bajo vientre y las sabanas amanecieron empapados de una cálida y jugosa secreción masculina. Mientras me duchaba seguía recordando lo sucedido intentando convencerme de que sólo había sido un sueño.
Espero que les gustara y no les resultara aburrido
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