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Un verano en Mar del Plata



Por tano feroz

La vida quiso que fuere criado exclusivamente por mujeres, lo cual provocó una irresistible atracción hacia ellas desde pequeño.



Por otro lado, mi pene, verga, polla o pico , es de una longitud normal – unos 17 cms- pero de un grosor poco habitual – poco mas de 6 cms de diámetro-.



Con semejante apéndice, es difícil pasar desapercibido por la vida.



Desde muy chico mis cualidades provocaron sabrosos comentarios de las mujeres mayores de la familia, mis tías, se referían a ellas con comentarios socarrones y lujuriosas miradas.



Después de haber cogido con mi prima mayor y mi vecina, en reiteradas oportunidades y desde mis primer despertar a la sexualidad, tenía en mi primer adolescencia, cierta experiencia, lo que en lugar de menguar mi calentura, hacía en forma permanente buscara la oportunidad para deleitarme con alguna mujer.



Mi primer práctica sexual fue con una prima mayor, pero, ciertamente, me ponían locos las mujeres más maduras.



Andaba yo por mis dieciocho años, y como todos los febreros, estaba pasando el verano en Mar del Plata, una hermosa ciudad balnearia en la costa argentina.



Allí, mi madre viuda y una prima de mi padre, soltera, tenían una casa de veraneo, donde concurrían, como de costumbre, todas las hembras de la familia y yo, bendito entre todas las mujeres.



Entre las otras féminas que compartían en veraneo, estaban mi tía María – prima de papá- y su hija Aída, dos hermosos ejemplares de mujer itálica, como los restantes exponentes de mi familia.



Mi prima tenía unos diecinueve años, y estaba más buena que un kilo de helado de crema y chocolate. Una cara bellísima, ojos negros y grandes, nariz fina, mentón pequeño, pómulos altos, cabello negro, lacio y largo hasta la cintura, y una piel blanca y fragante como una fruta recién cortada.



De sus formas, ni hablar: dos tetas grandes, redondas y duras, como pelotas de fútbol, cintura afinada, caderas como para tomarse en caso de vendabal y unas nalgas que eran un verdadero poema, sostenidas por piernas torneadas y musculosas, fruto de su actividad deportiva permanentes.



Mi tía andaba por los 40 años, y no le iba en saga a mi prima, es más, estaba mucho mejor que la mocosa. Rasgos parecidos a los de su hija, y un cuerpo que cortaba la respiración a cada paso. Sus pechos eran aún más voluminosos que los de Aída, la cintura un poco más gruesa, pero sus caderas y sus enormes nalgas, hacían balbucear a los hombres con solo notar su andar.



A eso, se le sumaba que era una mujer muy elegante, siempre vestida de punta en blanco, rociada con las más embriagadores perfumes franceses, enfundada en vestidos de alta costura o de pret a porter, según la ocasión y calzada con zapatos de taco aguja, al tono con el color de sus vestidos, hasta para ir de compras.



Estaba casada con un tío exitoso que se llevaba el mundo por delante, siempre vestido de primera y, por lo que supe después, con un terrible trozo de carne entre sus piernas, contra el cual yo siquiera podía comenzar a competir. Sin embargo, a mi tía no le daba la hora, pues con su dinero y su amiguito tenía todas las mujeres que quería.



En ese verano de hace ya muchos años, yo estaba en celo, más caliente que una olla a presión, disfrutando, y a la vez sufriendo, con la visión de mi tía y mi prima en trajes de baño diminutos que acentuaban sus formas, dejaban adivinar sus peludas conchas, y marcaban sus morenos pezones con el frío del agua del Atlántico Sur.



Ibamos todos a la playa por la mañana, temprano, volvíamos a la casa a almorzar y a dormir una siesta y volvíamos al mar por la tarde. Esa era nuestra rutina.



Cada vez que llegábamos al mediodía, yo me duchaba, para quitarme la sal del cuerpo y le dedicaba un par de pajas a mis deseadas tía y prima, respectivamente.



Solo así conseguía que el terrible bulto que se me notaba en los pantaloncitos de lycra que entonces se usaban se disimulara un poco.



Las chanzas sobre semejante volumen entre mis piernas, eran bastante frecuentes entre todas las mujeres de mi familia, incluso mi viuda madre y mi tía mayor, a cuyas tetas y culos, dicho sea de paso, también homenajeaba con prolongadas puñetas en el cuarto de baño.



A mi, lejos de avergonzarme, me calentaba aún más, sabiendo que esas experimentadas vaginas, morirían por tener mi pija dentro.



Una tarde, en que el tiempo se había descompuesto y no podíamos volver a la playa, todos no dispusimos a dormir la siesta más despreocupadamente, es decir, sin estar atentos a la hora para volver a la playa.



Uno a uno, se fueron marchando a los cuartos, para descansar, siendo los últimos, Aída y yo.



Ella fue a la habitación de huéspedes, que disponía de una cama de dos plazas y me dijo, que la acompañara, pues, para el caso de no poder dormirnos, seguro podíamos encontrar algo en que entretenernos.



Para mis oídos, fue como escuchar un coro de ángeles y de solo imaginar como podría soslayarme con mi primita, el corazón se aceleró y mi verga se hinchó, abultando el pantalón de baño inmediata y perceptiblemente.



Llegamos al cuarto y mi prima se tendió sobre la cama, boca abajo, cerrando los ojos y diciéndome:



"Bueno, pongamos a dormir un rato y luego jugamos a algo"



Yo balbucee: "Si, dale, luego juguemos a algo divertido"



En pocos minutos parecía haber quedado profundamente dormida.



En cambio, yo, con la visión de ese hermoso culo apenas cubierto por una pequeña tanga color rojo, estaba cada vez más despierto y más caliente.



Eso me llevó a que no dudara en comenzar a acariciar, delicada pero insistentemente, el culo de mi prima. No contento con eso, acerque mi nariz a su entrepierna, para disfrutar de su aroma, que como me imaginaba, era exquisito.



A esa altura, mi pija henchida y caliente, se salía del bañador y el líquido preseminal había humedecido no solo la cabeza de mi chota, sino que había dejado una aureola en mis pantalones.



En un aparente movimiento inconsciente, mi prima se puso de costado, dándome la espalda, en una posición casi fetal, lo que provocó que sus nalgas quedan aún más expuestas y cercanas a mi bulto.



No aguanté y primero con sumo cuidado y mas luego decididamente, apoye mi bulto contra su culo y comencé a hacer presión, aún a riesgo de que se despertase.



Sorpresivamente, sin pronunciar palabra y como estaba, estiro un brazo hacia atrás y con un movimiento magistral, metió su mano debajo del elástico de mi pantalón y tomó mi verga con toda la palma de su mano.



Cuanto comprobó el tamaño, exclamó:



"Primito, ¡que pedazo de pija, la quiero toda para mí! y sin más preámbulos se dio vuelta, me quitó el pantalón y comenzó una mamada inolvidable.



Primero me bajó el pellejo de la punta, dejó al descubierto la cabeza enorme y lustrosa y le pasó la lengua, dejándole abundante saliva, que luego esparció a lo largo de toda la pija, al tiempo que me decía: "¡que preciosura, te la voy a gastar de tanto chupártela"



Era tal el placer que se había puesto dura como nunca me había sucedido, pero quería disfrutar a Aida en toda su extensión.



Entonces la detuve, nos arrodillamos en la cama, ella con mi polla en su mano, haciéndome un suave paja, mientras nos besábamos, y con ambas manos quitaba el sujetador, dejando al aire el par de tetas más grandioso que hasta ese momento había visto en vivo y en directo.



Descubrí que sus pezones eran tal como los vislumbraba debajo de la ropa, duros, gordos, rodeados de dos aureolas grandes y morenas.



Los comencé a lamer, a pellizcar, a morder, y ella a emitir suspiros de placer y murmurar, "chupámelos, mordelos, comete mis tetas".



Luego que me regodee con esas mellizas protuberancias, la tendí de espaldas sobre la cama, y comencé a recorrerla con mi lengua por todos sitios.



Le besé el cuello, le mordí el mentón, le chupe las axilas, baje con mi lengua entres sus tetas, llegué a su ombligo y me detuve provocándole suspiros, lamí sus ingles mientras jugaba con mis dedos por debajo de su tanga.



Le quité la tanga y, otra gloria, el monte de Venus cubierto por un mata de renegrido pelo. Comencé a pasarle la lengua a lo largo de la raja, saboreando una concha que se iba llenando de jugos sabrosos y calientes. Mientras tanto, jugaba con el clítoris, sintiendo como se iba agrandando y endureciendo ante cada toqueteo. Los suspiros de Aída se convertían en quejidos y en gemidos, los que temía que fueran escuchados por los otros habitantes de la casa, lo que lejos de impedirme continuar con la faena, me ponía cada vez mas cachondo.



Puse mis manos debajo de sus nalgas, le hice recoger las piernas, y frente a mi tuve el espectáculo de su concha mojada y olorosa y del amarronado agujero del culo, lo que me provocó aún más lujuria.



En ese mismo momento, levante sus nalgas como pude, y comencé a comerle el culo, haciendo que bramara de placer, era una hembra entregada al goce como una yegua que espera la inmensa pija de su caballo.



Luego, saque la lengua de su culo y le introduje un dedo y pronto dos hasta que finalmente le metí tres dedos en el ano que entraban y salían acompasadamente a la chupada de concha que le propinaba. Acabó tres o cuatro veces, llenándome la cara de un sabroso y perfumado olor a concha, producto de una corrida que parecía una meada.



Me dijo, "ahora te toca a vos"



Me tendió de espaldas sobre la cama, se puso de espaldas hacia mi, dejándome observar el magnífico espectáculo de su culo y se sentó cuidadosamente sobre mi enorme verga.



Como estaba empapada con sus propios jugos, perfectamente lubricada a pesar del tamaño de mi pija, no tuvo mayor inconveniente en meterla en la cuevita.



Primero fue un trayecto suave y prologado, en el que yo sentía que su argolla se deglutía mi poronga hasta hacerla desaparecer de mi vista. Subía y bajaba acompasadamente a sus gritos de placer: "Siiiiiiii, que pijón, siiiii, la quiero toda adentro¡¡¡¡¡"



Como no era primerizo, podía aguantar el polvo, así que mi prima volvió a acabar un par de veces más, estaba exhausta, sudada, con ojos inyectados en sangre, como una bestia que acecha a una presa.



Le pedí que se bajara, la puse en cuatro, puse mi cara entre sus nalgas, le comí un rato más el culo lubricándolo aún más y apoye mi gorda cabeza sobre la puerta de su culo.



Me dijo, "cuidado que me vas a desgarrar", a lo que le respondí que se quedara tranquila.



En lugar de embestirla, sentí como ella hacia presión sobre la punta de mi chota y como su culo se la iba comiendo despacio.



Cuando tuve todo el glande en el culo, la visión me obnubiló y no dudé en enterrarle toda la verga de un empujó, gritó, pero mas que de dolor, de placer.



Le revolví la pija en el culo como una cuchara de madera en un guisado, sintiendo como ese apretado culo sostenía mi gruesa verga.



Sentí como el semen comenzaba a subir por el tronco de la polla y antes de correrme la saqué.



Le dije a Aida: "te vas a portar como una nena buena, y te vas a tomar toda la lechita"



Así, con la pija bañada en sus mocos y sacada de su culo, se la metió, no si dificultad dado el grosor, en la boca, hasta el fondo y me eché un polvo interminable.



Crei que se ahogaba, los ojos se le llenaron de lágrimas y tuvo arcadas, pero se tragó hasta la última gota, pasando la lengua por la cabeza para quitar los restos de leche.



No contenta con eso, y a pesar de tener la pija adolorida, me hizo una paja que provocó una especie de nuevo orgasmo en mi.



Nos tendimos sobre la cama y quedamos dormidos como dos bebes. Aunque habíamos dejado de serlo.









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Gracias a tano feroz por enviarnos el relato.
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